EL SÍNDROME DE ‘SPORT BILLY’
Una de las claves tradicionales de nuestros procesos políticos, al margen de la suficiencia o no del número de candidatos, es la sobreoferta electoral en términos de promesas, compromisos políticos o programas electorales. En otras palabras: prometes y prometes… hasta que la metes.
Una atenta lectura de estas primeras jornadas de debates electorales 2026, nos revela no solo las limitaciones sustanciales de la expresión peruana de la élite política (o la que pretende serlo) sino la orfandad de oportunidades efectivas para salir del subdesarrollo, de ahí que, en medio de un mar de necesidades manifiestas más allá del centralismo acomodado, no pocos grupos políticos todavía se empeñen en disfrazar sus propuestas de un supuesto paraguas ideológico.
De esta suerte, un rasgo distintivo de este proceso en ciernes importa una abundancia de propuestas que no suenan a riqueza programática, sino a saturación discursiva de diverso pelaje; así, los candidatos, enfrentados a una ciudadanía golpeada por la inseguridad y desconfianza de las instituciones, han respondido con una proliferación casi inagotable de ofertas políticas, por ejemplo: cárceles como cancha, penas más severas, ahogamiento procesal, expulsiones inmediatas, achicamiento irracional del Estado, soluciones mágico tecnológicas, entre otros. A primera vista, podría parecer que nunca antes se había ofrecido tanto; no obstante, esta sobreoferta parece estar en conexión inversamente proporcional a las verdaderas soluciones, empezando por lo que ya se tiene.
En esta dirección, resaltan la construcción de penales con capacidad para de miles de internos, cadena perpetua para actividades como la minería ilegal, expulsión de extranjeros en plazos sumarios, así como el incremento significativo del presupuesto policial. Paralelamente, otros han planteado la implementación obligatoria de cámaras corporales para efectivos policiales y convertirlos virtualmente en policías cibernéticos, digitalización total del Estado como mecanismo anticorrupción. Incluso han surgido propuestas de mayor calado, como la eliminación del financiamiento público de los partidos o la convocatoria a una Asamblea Constituyente a la medida de los nuevos tiempos. Cada una de estas medidas, en sí misma, podría merecer un análisis serio; en conjunto, sin embargo, configuran un repertorio abrumador para cualquier elector, especialmente para los más jóvenes o primerizos, que son una perita en dulce para todos los que andan detrás de los streamers.
La ciencia política ofrece algunas claves para entender este fenómeno. En contextos de fragmentación extrema y debilidad partidaria, las propuestas dejan de ser la expresión coherente de un proyecto de gobierno y pasan a convertirse en señales estratégicas orientadas a captar atención. La lógica del sistema ya no premia la consistencia, sino la visibilidad. En este escenario, los candidatos no compiten por quién tiene el mejor plan, sino por quién logra posicionar el mensaje más extravagante en el menor tiempo posible. El resultado es una política comprimida, donde la complejidad de los problemas públicos se reduce a fórmulas simples, repetibles y emocionalmente efectivas.
A esta dinámica se suma la influencia del marketing político, que transforma las propuestas en productos comunicacionales que viajan por las redes sociales gatilladas por el “target perfecto”; en estas predominan las medidas punitivas o de efecto inmediato, no necesariamente porque sean las más adecuadas, sino porque son las que mejor conectan con el miedo, la indignación o la expectativa de cambio de los electores. Así, el debate electoral se desplaza del terreno de la deliberación al de la persuasión algorítmica, donde lo importante no es tanto la viabilidad de la propuesta, sino su capacidad de generar adhesión.
Es en este punto donde surge lo que podríamos llamar el “síndrome Sport Billy”, esto es, que al igual que el dibujo animado de los ’80, que sacaba de su maleta cualquier objeto necesario para resolver problemas en segundos, muchos de nuestros candidatos locales parecen recurrir a un repertorio infinito de soluciones listas para cada situación: frente a la inseguridad, aparecen cárceles masivas o el uso ampliado de las Fuerzas Armadas; frente a la corrupción, comandos especiales o digitalizaciones al mango; frente a la crisis institucional, nuevas constituciones. Todo está disponible, todo parece posible. Pero, como en la ficción, la pregunta por los límites —institucionales, presupuestarios y jurídicos— queda fuera de escena.
La consecuencia de este fenómeno es profundamente paradójica. En lugar de fortalecer la capacidad de decisión del electorado, la sobreabundancia de propuestas tiende a generar confusión, escepticismo e incluso hastío, especialmente porque elector común no puede distinguir la cantidad de ofertas por candidato y plasmar su preferencia en el ‘sabadón’ ofrecido por la ONPE. Las ofertas se vuelven intercambiables, reiterativas y, en no pocos casos, inverosímiles. Lejos de diferenciar a los candidatos, esta lógica termina homogeneizando el discurso político, reduciendo la elección a una disputa de estilos más que de contenidos contundentes a su tiempo histórico; ello explica, por ejemplo, las plegarias a Bukele o el llamado subversivo de “liberen al Kraken”.
En definitiva, el “síndrome Sport Billy” no solo describe una forma de hacer campaña en Perusalém, sino también una crisis más profunda de la representación política, expresada en esa cantidad pornogr*fica de “líderes políticos”. Su rasgo característico es que, en lugar de construir proyectos de largo plazo, la política se limita a administrar expectativas inmediatas mediante un catálogo ilimitado de promesas electoreras. Y en ese proceso, el riesgo es manifiesto: que la abundancia de soluciones termine vaciando de sentido la propia idea de solución.



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