NEGOCIOS CHINOS
Como uno de los flancos más predecibles de la precaria institucionalidad que arrastramos desde hace lustros, se ha ido normalizando que, cada cierto tiempo, el inquilino de Palacio quede atrapado en sospechas y conjeturas en torno a lo público y lo privado. Todo ello, además, condimentado por ese deporte nacional que consiste en soliviantarse —con razón o sin ella— frente a la nueva presa política de turno.
Una vez más, la majestad del cargo presidencial ha quedado por los suelos: como en esas películas donde la mafia conspira entre platos de comida china y luces de neón, la figura del jefe de Estado aparece envuelta en escenas menores, opacas y, sobre todo, impropias del rol que encarna frente a la nación. No hay solemnidad, no hay transparencia; hay improvisación, torpeza y una peligrosa banalización del poder.
Esta ha sido la performance del presidente Jerí en los últimos días: primero cabizbajo y encapuchado, luego discretamente camuflado, y finalmente ya sin mayor pudor, como lo muestran las imágenes difundidas anoche por Cuarto Poder, recorriendo un local comercial en la calle Capón, siguiendo al empresario chino Zhihua Yang, haciendo llamadas visiblemente alterado. Todo ello fuera de agenda, fuera de protocolo y fuera de cualquier estándar mínimo de institucionalidad.
Los antecedentes del “amigo presidencial” —el empresario chino— no son un detalle menor. No solo se trata de un personaje con intereses comerciales concretos, sino de alguien cuyos locales han sido clausurados por la autoridad municipal y que, aun así, abren sus puertas cuando el presidente decide visitarlos. El mensaje implícito es devastador: para algunos, la ley; para otros, la excepción. Y si esa excepción se activa por la sola presencia del mandatario, el problema deja de ser anecdótico para convertirse en político.
Pretender que este muchacho —porque eso es lo que parece cuando explica sus actos— esté preparado para ejercer la presidencia de la República ya era, desde el inicio, una quimera. Pero incurrir en conductas que recuerdan inevitablemente al estilo Zarratea de Pedro Castillo, donde lo privado se disfraza torpemente de inocencia y lo irregular se justifica como error humano, ya no es ingenuidad: es reincidencia. Su notoria debilidad por los empresarios chinos, además, no hace sino alimentar suspicacias en un país que ya aprendió, a golpes, a desconfiar de las coincidencias.
Lo que viene ahora es previsible. Un desgaste progresivo de su ya frágil aprobación presidencial, una agenda política consumida por explicaciones cada vez menos creíbles y una horda de congresistas que, fieles a su costumbre, ensayarán discursos moralistas, amenazas de censura y coqueteos con la vacancia. No necesariamente por convicción ética, sino porque el escenario vuelve a ser propicio para el cálculo y la carroña política.
Al final, el problema no son los caramelos chinos, ni los chifas, ni siquiera las reuniones; el verdadero problema es la ligereza con la que se ejerce el poder, la naturalidad con la que se confunde lo personal con lo institucional y la insultante subestimación de la inteligencia de los ciudadanos. Porque cuando un presidente gobierna así, todo empieza a oler —otra vez— a esos viejos y conocidos “negocios chinos” que en el Perú siempre terminan saliendo caros.



Comentarios