CARTAS A UN PROFESOR UNIVERSITARIO

FUERA DE CONTROL


Por Johnson Centeno.-

Hola, estimado profesor.

Soy su alumno ‘loquito’, como usted me decía, nacido en Alemania, de signo escorpio y me gusta mucho robar. No lo hago por necesidad sino por el gusto que he descubierto en estos actos ilícitos que no puedo controlar, pues son más fuertes que yo. Le escribo esta carta animado un poco por la confianza que le tengo, y que espero sea la primera y la última.

Soy hijo único de padre alemán y madre peruana. Como mi padre es un poco mayor y ama demasiado a mi madre, hemos venido con frecuencia a este país para conocer sus orígenes, sus familiares, y la historia de su cultura que —debo reconocer— es extraordinaria por todos sus lados. Esto último terminó encantado a mi padre de a pocos. Primero, fue comprando libros extranjeros sobre el Perú, luego perfeccionó el idioma y quería leer solo libros en español, de autores peruanos; así se fue metiendo más en esto, al punto que empezó a participar en coloquios y eventos académicos en diferentes universidades de Lima y del interior. El próximo paso era vivir definitivamente en el Perú, respirando su pasado histórico, creyendo que cada persona que se encuentra es un descendiente inca o algo así. Actualmente, viene preparando un libro sobre sus experiencias vividas en el Perú, incluso piensa poner una agencia de turismo exclusiva para ciudadanos alemanes que incluya danzas autóctonas, gastronomía, chamanismo y bebidas alucinógenas.

Mi madre es una típica peruana de clase media, y tiene cada técnica para salirse siempre con la suya que nunca deja de sorprenderme. Mi madre con esa habilidad podría engatusar a cualquier hombre, a cualquier peruano, pero especialmente a los extranjeros; una vez que les descubre su punto débil sabe cómo manejarlos. Le he escuchado decir a sus amigas más cercanas: "Si conoces bien a un alemán, los conoces a todos". Es un poco su defensa para quienes buscan una mayor explicación de cómo empezó limpiando casas y terminó casándose con el dueño de una de ellas. Tengo para mí que esa habilidad la perfeccionó manejando el entorno de mi padre, a sus amigos, a su familia; sí, pues, mi madre tiene una candorosa facilidad para arrancarles una sonrisa, y como los alemanes no son de reír mucho, la quieren como mierda.

Soy una mezcla de ambos, como podrá entrever. Me gusta algo este país, lo reconozco, aunque cada vez lo encuentro chico para mis pretensiones: a mí me gusta la plata, quiero un Lamborghini, viajar a Dubai, conocer rubias exóticas y darme la gran vida las veces que pueda. Eso late en mí desde que tengo uso de razón. Gracias a que mi padre tiene mucho dinero, conozco varios países de Europa y Asia, me deslumbran, pero siempre tengo los gastos controlados, no puedo tocar las cosas que quiero, no puedo comer lo que quiero, no puedo chupar lo que quiero….

Actualmente, estudio Ingeniería Civil en la Universidad donde usted enseña, y dicho sea de paso, créame que sus clases me parecen superatrasadas (‘monses’, como dicen por aquí), especialmente porque nos habla de cosas irreales o que no tienen ninguna utilidad para la vida diaria. A quién chucha le puede interesar la Caverna de Platón, la vida de Stephen Hawking, el fenómeno de Sillicon Valley, La muerte del legislador, El otro sendero, la vida de Ana Frank, la historia de Pink Floyd… Huevadas. Cosas mediocres para una Universidad mediocre. Usted seguirá siendo un mediocre más mientras continúe allí.

Voy al punto porque no quiero que pierda su tiempo ni perder más el mío en estas líneas. Empecé robando en Suiza gracias a Parnok, un ruso de baja estatura que me inició en estas tretas que he cultivado fielmente en los últimos años. Su frescura y elegancia me impresionaron desde un arranque: celulares, joyas, pequeños artefactos, ropa, comida, etc. Todo lo que él necesitaba se lo robaba. Vivía gratis. Siempre he querido ser como él.

Con él robé mi primer celular, sabe. Si bien no fue golpe táctico de gran nivel, para mí fue una iniciación religiosa que he intentado superar desde entonces. Cuando llegamos al Perú, me robé algunas cosas pequeñas del aeropuerto, bebidas energéticas y llaves de todo tipo; luego las iba tirando en el camino. En Trujillo, he robado en todos los malls que usted conoce, incluyendo Wong, donde nos reunimos hace unas horas para hablar sobre “mi futuro”, según usted, a raíz de una quejumbrosa llamada de mi madre a su celular. Siempre recuerdo este local de Wong porque aquí me robaba semanalmente botellas de vino, hasta que me agarraron, por confiado. Me denunciaron y ya tengo mi primer proceso a nivel de Fiscalía, pero eso no me quita la adrenalina que sentía en cada robo. “Bien, reconchadesumadre, lo hice otra vez!”, me decía a mí mismo cuando salía con mi mochila cargada de botellas. “Esta va por ti, Parnok, mi causa, mi soli, donde estés…”.

Espero que lo recuerde bien, profe. Todos los delincuentes vuelven, tarde o temprano, al lugar del crimen, y eso pasó conmigo con aquella reunión. Todas sus palabras me las tragué, toditas, lo escuche con atención y casi lloré de la emoción tras reconocer mis faltas y el trato irrespetuoso hacia mis padres, ¿recuerda? Con usted he perfeccionado mi técnica de atención de Búho, escuchando el sonido de cada sílaba, cada palabra, asintiendo cada afirmación como si de la máxima autoridad se tratara, poniendo los ojos brillosos para reforzar el dramatismo. Luego, respirar profundo y mandarlo, en mi pensamiento, a la misma mierda. Pero confieso que no es lo que mi corazón siente, en serio; muy en el fondo, quisiera hacerle caso y ser un ciudadano provechoso, amar a mis padres y tener una profesión. Pero mi parte animal pesa más, profe, se lo juro. Y no es solo eso, sino que siento que, en buena cuenta, todo esto es culpa de mis padres que secundan todo lo que me perjudique; siento en el fondo que ellos también gozan con mis desgracias, mis privaciones, mi ausencia de afecto. Ellos me mandaron al psiquiatra, a un centro particular de rehabilitación con drogadictos y ludópatas de toda laya, por culpa de ellos dormí cinco días en un parque cuando me escapé, casi me muero. Por ellos no tengo amigos verdaderos, me peleo con las chicas y creo que todo el mundo es una mierda. Por ellos he comenzado a descubrir que hay otros vicios que pueden consolar el dolor y la soledad que crece en mi alma. No habrá un nuevo yo, como le aseguré en la reunión, profe, sorry. En esta noche oscura ya no cabe posibilidad de darle vida a nada. Lo que muere para siempre muerto está.

Soy Gulliver, profesor, acuérdese bien de mi nombre, tengo 18 años recién cumplidos, hablo tres idiomas y no soy tan ‘loquito’ como usted cree; lo tengo todo clarito para tener un día mi Lamborghini, viajar a Dubai, conocer rubias exóticas y darme la gran vida las veces que pueda. Mi padre me puso ese nombre porque también tiene su historia y no es del todo feliz. Él también era un aventurero a su modo, de otra forma no nos hubiera traído a vivir, casi escondidos, al culo del mundo, junto a una señora que todos adoran, pero que no quisieran tener tan cerca.

Por ellos soy como soy.

Comentarios

Entradas populares