LA SEGUNDA MARISCALA
La presencia lideresca de Nadine Heredia en las proximidades del poder no tiene precedentes históricos. En el siglo XX, ninguna de las cónyuges de los jefes de Estado tuvo significación política; forzando la figura, mencionaríamos a la mujer del mariscal Benavides (1933-1939), una señora silenciosa y social; las cónyuges de Manuel Prado (1939-1945), señoras de salón; la de Odría (1949-1956), a la que se pretendió, fracasadamente, hacerla lideresa; la taciturna Violeta Correa, gran compañera de FBT; hija de un gran líder democristiano y filoaprista, Javier Correa Elías, pero que no terció con afanes figurativos.
Igual podemos decir de Pilar Nores (1985-1990), bellísima tucumana, que se dedicó a obras sociales; la consorte de Alejandro Toledo (2005), perdida en su inevitable acento yanqui. Por eso es que aquí surge solitaria y preminente Nadine Heredia, juvenil, adolescente, ubicua, combativa. Ella invade, feministamente, la totalidad de los siglos XX y XXI.
Aunque, me desmiento. En 1839 destacó como lideresa y mujer de armas tomar doña Francisca Zubiaga y Bernales, cónyuge del presidente Gamarra, con quien se casó a los veinte años. Se le conoció como “La Mariscala” y es famosa por haber perseguido, por los techos de Lima, con el sable desenvainado, a los enemigos de Palacio. En ocasiones vistió uniforme y participó personalmente en batallas, de ahí su apelativo. Rompió esquemas y quebrantó paradigmas. Odiada por muchos y amada por otros, Doña Pancha, como también fue conocida, habría sido la primera mujer peruana en tener activa participación política, rompiendo con una prohibición ancestral, destinada solo para hombres.
Una manera de hostilizarla fue llevar al teatro la comedia del viejo autor hispánico don Juan Pérez de Montalván, referida a doña Catalina de Erauzo, conocida como “La Monja Alférez”, según recuerda Palma. La representación, efectuada el 12 de diciembre de 1830, con la venia del vicepresidente La Fuente, quedó más tarde interdictada por el propio Gobierno, ya que significaba una irrisión de los Gamarra.
La mujer en el Imperio no tuvo significación. Era un patriarcado. En la Colonia ninguna mujer de virrey tuvo papel alguno, salvo doña Ana de Borja, una noble, quien remplazó largo tiempo al marido en Palacio. Ocurrió cuando el Virreynato del Perú estaba en una difícil situación, pues la provincia de Puno estaba en rebeldía. El virrey Pedro Antonio Fernández de Castro, Conde de Lemos, luego de algunos intentos frustrados de pacificación, decidió emprender personalmente la lucha contra los sublevados, por lo que el 7 de junio de 1668, al año de su llegada al Perú, marchó desde el Callao con un ejército a las zonas rebeldes de Islay, Arequipa y Puno, dejando a su esposa a cargo del Gobierno, autoridad que le confirió mediante nombramiento oficial, a través de Cédula Real del 12 de junio de 1667, donde dejaba constancia que cada vez que éste se ausentase de la capital, el Gobierno se encargaría a su esposa. Tenemos así jurisprudencia histórica.


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