WIKILIKEANDO A WIKILEAKS
Guayaquil, Ecuador. Aquí se está llevando a cabo la Tercera Conferencia Latinoamericana de Periodismo de Investigación (COLPIN), organizada por IPYS y Transparencia. Más de 80 periodistas de investigación están exponiendo sus trabajos pero el orador principal de la primera fecha, el viernes, no pudo ser más preciso: Kristinn Hranfsson, periodistas islandés y actual portavoz de Wikileaks.
La organización enfrenta en estos días su mayor crisis de credibilidad. Durante meses estuvo publicando, poco a poco, en coordinación con decenas de medios alrededor del mundo, algunos de los más de 250 mil cables diplomáticos que tenía en su poder. Las publicaciones coordinadas con los diarios se cuidaban, más o menos, de proteger a los informantes de las embajadas. El acuerdo entre Wikileaks y los medios consistía en remplazar el nombre de los informantes con doce equis (XXXXXXXXXXXX).
Los diarios, además, estaban en libertad de recortar partes sensibles de los cables si así lo consideraban prudente. Esto no impedía que Wikileaks colgara en su web los cables completos, únicamente con los nombres remplazados por las X. De esta manera, por ejemplo, en este mismo espacio fuimos capaces de deducir la identidad del informante que reveló los vínculos del Ejército con el narcotráfico.Las precauciones de Wikileaks ya eran imperfectas pero lo que pasó esta semana se trajo abajo todo eso.
Un periodista de The Guardian que había colaborado con ellos desde cosas anteriores reveló la contraseña para desencriptar el famoso archivo “insurance.aes256”, más conocido como el “seguro de vida” de Julian Assange. Este archivo llevaba meses dando vueltas por los torrentes y miles de personas lo habían descargado. Se suponía que si a Assange le pasaba “algo”, Wikileaks daría el password para que esos miles pudieran abrir la caja de Pandora.
El problema es que ese archivo contenía los 250 mil cables sin editar, el material crudo, con los nombres de todos los informantes de las embajadas norteamericanas alrededor del mundo. David Leigh, el periodista de The Guardian, reveló en un libro que la contraseña era ACollectionOfDiplomaticHistorySince_1966_ToThe_PresentDay# Aquí en COLPIN, Hranfsson explicó que una vez lanzado el archivo no se podía cambiar el password. Cada una de las miles de copias descargadas se abrían con esa contraseña. No hay forma de recuperar cada una y cambiarles el password. Por eso, según Hranfsson, esta semana ellos tuvieron que publicar –de golpe y sin editar– absolutamente todos los cables. “La otra opción era peor: que la información solo estuviera en malas manos. Era lo correcto”.
Pero todo el cuidadoso trabajo de dosificación y edición se fue al tacho.La medida era desesperada pero suena razonable. Ya no había mucho más qué hacer y si la información completa ya era accesible para aquellos miles que se bajaron el archivo, quizás era mejor que el material termine no solo en manos de esos miles, sino de todos.
Ya se trataba de un material, lamentablemente, público. Pero eso no borra el pecado original de Wikileaks: haber lanzado a los torrents, hace meses, el insurance.aes256 conteniendo la información cruda y sin editar. Después de eso ya no había vuelta atrás. Bastaba solo un descuido para que miles de personas, informantes en situaciones delicadas, se vean expuestas.
Y ese descuido ocurrió.
Wikileaks va a cargar con éste y otros dramas (el último: la traición de un socio que eliminó toda la data de su futuro destape: malos manejos en el Bank of America), propios de su situación insólita: no son una organización periodística, tampoco son una ONG ni un partido ni tampoco se les puede considerar estrictamente una fuente periodística. Son un fenómeno que solo Internet hizo posible. Fueron los catalizadores de la insurgencia árabe en Túnez, Egipto, Libia y otros países; despertaron a Anonymous, y, quizás, hasta podríamos decir que alteraron el curso de las elecciones peruanas.
En el camino cometieron una serie de errores fatales (irónicamente, tratando de guardar un secretismo que ellos denunciaban en otros) que quizás terminen acabándolos. Sin embargo, la idea detrás de Wikileaks, usar Internet como un arma segura para filtrar información sobre el poder, ya está instalada en la mente colectiva de la humanidad. Y esa idea sobrevivirá. Con Wikileaks o sin ellos.



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