MISMO NIVEL

Por Dante Ramos de Rosas
Consuelo Gonzales Posada era la esposa de Velasco –el dictador piurano quien por más agregado militar que haya sido en Francia, jamás se le quitó la apiuranada forma de ser simplón y gregario- que bailando en el Círculo Militar o en Palacio con ese judío magnifico llamado Samuel Drassinower Katzs se le iban los ojitos coquetos tras éste, porque el dueño de Moraveco se las traía con ella. Tan finita y con sus ojos de china linda.
La cosa llegó a mayores, es decir a sabanas de por medio, y el dictador reaccionó ramplonamente. Inventó un entuerto en Moraveco (que se dedicaba a construir refrigeradoras) y la hizo quebrar. Ahora sabemos porqué. Gladis Arista, la modelo televisiva, tuvo que ver mucho en todo esto: Sus piernas culpables se abrían de par en par al dictador. Consuelo reaccionó con el socio del Club hebraica que era un partidazo.
Lo que no gustó mucho al Club –que siempre vela sus cositas hacia dentro- es aquella entrevista que concedió Samuel Drassinower a Hildebrandt en 1995, en ATV. Allí confesó que en su juventud, y ya casado, se había enamorado de una prostituta a la que ayudó mucho y sacó luego de ese sordido y pendejo mundo. Para racial colmo la susodicha era ‘zamba’. Cuando Samuel hablaba de ella se quebraba como un adolecente, sus llorosos ojos recordaban que era una delicia en la cama.
Para el Club hebraica la negra era impía. Pavadas.
¿A qué viene todo esto?
El sábado pasado acudí a una conferencia de Inppares en La Católica, y una expositora de apellido Woolcott comenzó a analizar la caracteriología de los hombres que acuden a los burdeles. Análisis del que difiero radicalmente.
Dice la Woolcott que los hombres establecen una relacion abusiva con las mujeres en base al dinero. Se ve que jamás ha pisado un burdel. Ojo, que conozca y hable con putas no es igual a pisarlo porque en la puerta del cuarto uno se pone de acuerdo con ellas si por x cantidad habrá fellatio sin condón, lo que es maravilloso, o aquello que es el summun del sexo –a mis 40 años ya sé que es mejor que ir penetra que te penetra- como es el 69 o ‘cunilingus’, lindo porque es el sector mas tierno de una hembra, o cualquier otra variedad habida o por establecer...
Cuando voy a un burdel lo hago porque en casa ya se perdió el original que calculé haber tenido en brazos hacía tiempo. Ese original tenía mil rostros -como la Jolie- y era capaz de hacerlo muchas veces y en varias poses. Si eso no hay en casa entonces fugo al burdel, donde me fascina no solo el sexo en sí –placer, que le llaman- sino el nivel de excitación y emoción fuerte que provoca el ver tantas mujeres alineadas en tangas, otras solo en sostén, en mallas caladas que las dibujan en redondeces sabias o en toallas dividiendo simetricamente su vientre. Todo bajo un aire semioscuro.
Misterioso como el de una mujer.
Pero también tengo que decir algo que nadie dice. El sexo es necesario por tres razones poderosas. Cada vez que lo hago siento que abunda energía en mí, y me siento protegido ante avalanchas ajenas o propias. ¿Y saben qué? Atraigo dinero, billete. Sí, así como lo leen. Me va bien en fichas.
Este último argumento echa por tierra lo que dice la Woolcott respecto a que los hombres que van a un burdel tienen poca autoestima. Al contrario, madam. El sexo los fortalece.
Estas son las tesis del ‘tantrismo’ seguro dirá alguien, pero es que eso lo vengo experimentando en mí desde 1996 en que conocí a Gisell (mi casi ex esposa hoy), devota de esas tesis antes y hoy deambulando en el sopor del “Pare de sufrir”, sicoculto brasilero que blanquea plata a raudales. No me las decía pero poco a poco las fui razonando en mí.
Cuando voy a un burdel no voy como si fuera un sabio. Siento que siempre tengo algo nuevo por descubrir. Voy nervioso y como un bisoño en su primera vez. Eso es lo lindo de esas relaciones. Jamás maltrato a una prostituta. Trato de que la relación sea en lo posible tierna, y por qué no preguntarle por su futuro, por sus sueños. Una de ellas llamada Milagros me dijo que soñaba con ser policía. La recuerdo como de Tarapoto y era una chinita hermosa con unos pechos perfectos.
Esta semana fui al callao, no a bailar salsa. Al botecito, un burdel clásico. Cuando estaba con Andrea –a la que llamaré “la profesora”, tan parecida con Andrea del boca- noté que su vulva era super ancha. “Tienes unos labios gigantes”. Y ella: “esos no son labios, son mis cachetes”. Se volteó frente al espejo y empezó una clase de anatomía enseñándome de todo. Clitoris largo y grueso, con vellos abundantes bajo una piel rosadita. Me fascinó. Solo ello me estimuló a morir. Quiere decir que le caí super bien. ¿Por qué la Woolcott totaliza y no muestra espasmos o anecdotas que a veces hacen la historia?
La reto a ella y a Inppares a debatir no en foros pitucos como en La Catolica o en la de Lima, sino en un burdel. Y como ya sé que me llamaran mentiroso pues simple: Citaré como testigos a Andrea, Milagros, etc., que podrán decir si miento o estoy hueveando.
Machista no seré nunca pero sí hembrista. Se me dirá: ¿Cuando acudes a burdeles no piensas que tu hija podría recaer en eso? Justamente escribo esto por ella en el 2008 –tiene 10 años-, para que no piense que su padre es un abusador más sin renglón de colocacion en esta paradoja de contradicciones llamado vida privada alternativa.
Post Data
Consuelo Gonzales Posada era la esposa de Velasco –el dictador piurano quien por más agregado militar que haya sido en Francia, jamás se le quitó la apiuranada forma de ser simplón y gregario- que bailando en el Círculo Militar o en Palacio con ese judío magnifico llamado Samuel Drassinower Katzs se le iban los ojitos coquetos tras éste, porque el dueño de Moraveco se las traía con ella. Tan finita y con sus ojos de china linda.
La cosa llegó a mayores, es decir a sabanas de por medio, y el dictador reaccionó ramplonamente. Inventó un entuerto en Moraveco (que se dedicaba a construir refrigeradoras) y la hizo quebrar. Ahora sabemos porqué. Gladis Arista, la modelo televisiva, tuvo que ver mucho en todo esto: Sus piernas culpables se abrían de par en par al dictador. Consuelo reaccionó con el socio del Club hebraica que era un partidazo.
Lo que no gustó mucho al Club –que siempre vela sus cositas hacia dentro- es aquella entrevista que concedió Samuel Drassinower a Hildebrandt en 1995, en ATV. Allí confesó que en su juventud, y ya casado, se había enamorado de una prostituta a la que ayudó mucho y sacó luego de ese sordido y pendejo mundo. Para racial colmo la susodicha era ‘zamba’. Cuando Samuel hablaba de ella se quebraba como un adolecente, sus llorosos ojos recordaban que era una delicia en la cama.
Para el Club hebraica la negra era impía. Pavadas.
¿A qué viene todo esto?
El sábado pasado acudí a una conferencia de Inppares en La Católica, y una expositora de apellido Woolcott comenzó a analizar la caracteriología de los hombres que acuden a los burdeles. Análisis del que difiero radicalmente.
Dice la Woolcott que los hombres establecen una relacion abusiva con las mujeres en base al dinero. Se ve que jamás ha pisado un burdel. Ojo, que conozca y hable con putas no es igual a pisarlo porque en la puerta del cuarto uno se pone de acuerdo con ellas si por x cantidad habrá fellatio sin condón, lo que es maravilloso, o aquello que es el summun del sexo –a mis 40 años ya sé que es mejor que ir penetra que te penetra- como es el 69 o ‘cunilingus’, lindo porque es el sector mas tierno de una hembra, o cualquier otra variedad habida o por establecer...
Cuando voy a un burdel lo hago porque en casa ya se perdió el original que calculé haber tenido en brazos hacía tiempo. Ese original tenía mil rostros -como la Jolie- y era capaz de hacerlo muchas veces y en varias poses. Si eso no hay en casa entonces fugo al burdel, donde me fascina no solo el sexo en sí –placer, que le llaman- sino el nivel de excitación y emoción fuerte que provoca el ver tantas mujeres alineadas en tangas, otras solo en sostén, en mallas caladas que las dibujan en redondeces sabias o en toallas dividiendo simetricamente su vientre. Todo bajo un aire semioscuro.
Misterioso como el de una mujer.
Pero también tengo que decir algo que nadie dice. El sexo es necesario por tres razones poderosas. Cada vez que lo hago siento que abunda energía en mí, y me siento protegido ante avalanchas ajenas o propias. ¿Y saben qué? Atraigo dinero, billete. Sí, así como lo leen. Me va bien en fichas.
Este último argumento echa por tierra lo que dice la Woolcott respecto a que los hombres que van a un burdel tienen poca autoestima. Al contrario, madam. El sexo los fortalece.
Estas son las tesis del ‘tantrismo’ seguro dirá alguien, pero es que eso lo vengo experimentando en mí desde 1996 en que conocí a Gisell (mi casi ex esposa hoy), devota de esas tesis antes y hoy deambulando en el sopor del “Pare de sufrir”, sicoculto brasilero que blanquea plata a raudales. No me las decía pero poco a poco las fui razonando en mí.
Cuando voy a un burdel no voy como si fuera un sabio. Siento que siempre tengo algo nuevo por descubrir. Voy nervioso y como un bisoño en su primera vez. Eso es lo lindo de esas relaciones. Jamás maltrato a una prostituta. Trato de que la relación sea en lo posible tierna, y por qué no preguntarle por su futuro, por sus sueños. Una de ellas llamada Milagros me dijo que soñaba con ser policía. La recuerdo como de Tarapoto y era una chinita hermosa con unos pechos perfectos.
Esta semana fui al callao, no a bailar salsa. Al botecito, un burdel clásico. Cuando estaba con Andrea –a la que llamaré “la profesora”, tan parecida con Andrea del boca- noté que su vulva era super ancha. “Tienes unos labios gigantes”. Y ella: “esos no son labios, son mis cachetes”. Se volteó frente al espejo y empezó una clase de anatomía enseñándome de todo. Clitoris largo y grueso, con vellos abundantes bajo una piel rosadita. Me fascinó. Solo ello me estimuló a morir. Quiere decir que le caí super bien. ¿Por qué la Woolcott totaliza y no muestra espasmos o anecdotas que a veces hacen la historia?
La reto a ella y a Inppares a debatir no en foros pitucos como en La Catolica o en la de Lima, sino en un burdel. Y como ya sé que me llamaran mentiroso pues simple: Citaré como testigos a Andrea, Milagros, etc., que podrán decir si miento o estoy hueveando.
Machista no seré nunca pero sí hembrista. Se me dirá: ¿Cuando acudes a burdeles no piensas que tu hija podría recaer en eso? Justamente escribo esto por ella en el 2008 –tiene 10 años-, para que no piense que su padre es un abusador más sin renglón de colocacion en esta paradoja de contradicciones llamado vida privada alternativa.
Post Data
Buscaré a la Woolcott para invitarla a la “Nanette”, cuadra 9 de la Av. Argentina, el burdelazo de Vargas Llosa. No faltaba más. Venden wiskies, que sé que le encantan.
PARA UNA LECTURA COMPLEMENTARIA: LEER BENDITO SEA EL BURDEL I y II EN EL BLOG OVEJA ROSA, DE JOSEFINA BARRÓN (N. del E.)



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