OTRA IGLESIA ¿ES POSIBLE?

Por: Jorge Luis Ortiz Delgado (*)
Quintín García González, escritor y periodista, escribió hace algunos días en el diario El País un provocador artículo sobre el papel de la Iglesia católica en el contexto de las próximas elecciones en España. El artículo, entre las líneas acentuadas con críticas proferidas a los prelados que vienen interviniendo con amplia cobertura mediática en el encendido ambiente electoral, arremete contra la orientación del voto que las autoridades eclesiásticas ofrecen con tono sobreprotector e impositivo, augurándole retrógradas intromisiones que tienen como único fin conservar sus cuotas de poder antes que acreditar cierto interés por el fortalecimiento de la democracia y la unidad del país.
Los fragmentos más severos del texto sintetizan la contrariedad e indignación que a lo largo del escrito García Gonzáles manifiesta: Leo a analistas políticos y coinciden en que los obispos tienen derecho como ciudadanos a hablar de lo que quieran… Y como buenos padres intentan ahora orientarnos por ahí a sus hijos. …Yo no hago más que repetirme: con estos padres no puedo crecer adecuadamente; ni acceder a una autonomía sana y equilibrada. Así que si mis padres -cardenales, obispos, etcétera- quieren orientar mi voto político (aquí hay un problema de dignidad humana, no de colores ideológicos) según sus intereses, entonces me digo: pues para eso, ¡mejor huérfano! Y también, ¡otra Iglesia es posible!
Pero una opinión como ésta, no lejana a las incontables denuncias y críticas que las sociedades laicas, aquellas en donde la libertad de expresión ha logrado conquistar un espacio irreductible y salvaguardar la autonomía en la conciencia de las personas, no parecería peculiar si no fuera porque el autor del mencionado artículo, además de ser un prolífico ensayista y ganador de un reciente premio de poesía es, también, un sacerdote dominico.
Mi curiosidad por reconocer en la voz de este sacerdote antecedentes de insubordinación dentro de la Iglesia católica me llevó a una de las investigaciones mejor documentadas que se haya escrito al respecto. La vida sexual del clero (byblos, 2005) de Pepe Rodríguez es un libro que reúne una variedad de testimonios y estadísticas sobre el sustento clerical que defiende el celibato y la consiguiente falta de legitimidad real y evangélica de esta imposición. Las conclusiones del autor al final de cada capítulo son contundentes porque, más allá de la lógica con que se explica la postura de la Iglesia desde varias centurias atrás, el autor aborda el tema desde una perspectiva periodística apoyada con argumentos teológicos y psicológicos que enriquecen la investigación.
La huella de credibilidad que lleva consigo esta publicación se advierte en la plena identificación, con nombres y apellidos, de aquellos sacerdotes secularizados que declaran, unos con peor suerte que otros, cómo a partir de su disentimiento frente a los axiomas de la institución han padecido humillaciones y amenazas por parte de quienes, desde adentro y arraigados en las cúpulas del poder doctrinal, gozan de los privilegios que otorga la jerarquía eclesial.
Así, y trasladando los frutos de tal investigación a la realidad local, un lector perspicaz y con una sempiterna mirada de sospecha puede encontrar explicaciones a la reacción que el arzobispo de Arequipa, Javier del Río Alba, cuando se firmó un Protocolo de aborto terapéutico, dejó flotando en el aire citadino de su feligresía llegando a invadir la atmósfera de la gestión pública, que por no ser discriminatoria debiera ser laica y por lo tanto considerar la necesaria distancia ética entre Estado e Iglesia.
Los denuestos del arzobispo dirigidos a quienes elaboraron y firmaron tal documento, personas como a las que, sin mayor titubeo, Juan Pablo II alguna vez llamó “fuerzas de la muerte” refriéndose a gran parte de la ciudadanía que proponía –y sigue haciéndolo– el aborto como salida al problema de salud pública y a la eutanasia como el derecho de regir cada cual su propia vida sin tutelaje estatal, se explican si se verifica el encono y el dislate que los agravios del arzobispo acumulan en cada declaración suya. La jerarquía católica, encabezada por el Papa de turno y el conciliábulo de sus más cercanos colaboradores, como lo ilustra muy bien Pepe Rodríguez en su investigación, cuando nombra a un obispo o cardenal, no lo hace en función de su talla humana, intelectual, teológica, pastoral, ni, obviamente, por su compromiso social; sino por la garantía que los sacerdotes promocionados puedan ofrecer para extender la historia de servidumbre que éstos alimentan con la disciplina que a ultranza sirve para defender las directrices vaticanas.
La comunidad católica, a la que la misma Iglesia mantiene apartada del conocimiento de sus más categóricas decisiones, para no hablar de una falta de comunión (participación) en las designaciones de autoridades clericales, más por buena fe por parte de los creyentes que por ingenuo descuido, desconoce, en realidad, los argumentos por la que una autoridad eclesiástica es ungida como tal, produciendo en la mayoría de la sociedad una sensación –ajena a la convicción de su creencia– de desencanto y apatía cuando su representante religioso reparte a los cuatro vientos manotazos de intolerancia, sensatez rendida y lucidez apagada. En efecto, la desmoralización hirviendo en los claustros católicos con sacerdotes acusados de pederastia, y su creciente participación en conflictos sociales formando parte de organismos claramente ideológicos disfrazando intereses particulares con el nombre de ecologismo o identidad cultural parecen ser no suficientes para alcanzar tan altos niveles de desprestigio. La escasa cualificación de buena parte del episcopado actual también hace lo suyo.
Ahora bien, la tradición religiosa que ostenta el Perú, como la gran mayoría de países latinoamericanos, ha producido vínculos coriáceos con las instituciones representativas que devienen de la legitimación democrática de los pueblos. Ante ello, y hoy en día, no son pocas las autoridades políticas que se mantienen sumisas a las llamadas de atención de un arzobispo alarmado por la falta de cumplimiento a las leyes eclesiásticas, aunque en la cotidianidad su praxis y sus convicciones religiosas son prácticamente insignificantes o moldeables a la realidad. Este temor se ve fundado con la presencia que, por desgracia, mantiene la Iglesia, por ejemplo, en ámbitos académicos, universidades, escuelas y otros, cuyos sobresalientes profesionales pero mansas ovejas, al fin y al cabo, ejercen claras influencias en las decisiones gubernamentales. Sin embargo, y dicho con cierto optimismo, la experiencia ha enseñado que las supersticiones y la irascibilidad de sus postulados cuando carecen de fieles discípulos terminan debilitándose por sí mismas. Para comprobar esto habría que conocer, no importa si informalmente, en verdad cuántas de estas personas atadas laboralmente a alguna dependencia eclesiástica, directa o indirectamente, guardan en sus fueros internos el convencimiento de que existen serias y absurdas incongruencias entre lo que los cánones religiosos dictan y lo que vivir en dignidad representa.
Baste la realidad, aquella que permite diálogos francos y reveladores, sin la amenaza palpitante que en otro tiempo producía la herejía, para conocer la opinión de muchos profesores de religión contagiados de la reflexión y cordura con que llevan su vida diaria, lejos de dogmas y leyes serviles, aunque acaten disposiciones de su oficio sólo por temor a ser observados, y luego despedidos, por las autoridades de su principal patrocinador: la Iglesia.
La mejor de las insurgencias es aquella que significa irse contra todo tipo de tiranía que no siempre suele empuñar una pistola o conducir un tanque para abatir físicamente al contrario sino, también, puede venir adornada de designio divino aviesamente interpretado por voces imbuidas de una malsana superioridad para reducir cualquier intento de brillo intelectual, cuestionamientos oportunos y todo signo de conciencia de individualidad. Insurgencias de este tipo han construido sociedades fuertes y decentes sobre la base no sólo de lo que creen, sino de cómo se tratan mutuamente. El testimonio de tantas mujeres arrogándose, con fundada razón, el derecho de decidir sobre su propia vida, la valentía de millones de jóvenes rebelándose a la caducidad del mal llamado conservadurismo, flojo camuflaje de la urbana hipocresía, haciendo responsable uso de métodos anticonceptivos en sus relaciones sexuales, generalmente, prematrimoniales, y el coraje de personas como Quintín García González, nos hacen vislumbrar, si bien todavía muy remotamente, la esperanza de una trasformación que tenga como norte la aceptación de la diversidad, la pacificación de los impulsos que muchos credos cultivan y la confianza de pensar que otra Iglesia, una moderada, incorruptible y más humana es posible.
Arequipa, 27 febrero de 2008.

(*) jorgeluisod@gmail.com


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